El
último hermano Estrada
(Escrito
por David Cotos – Perú 2012)
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¡Eres un feo!
…..¡Un feo de mierda!
Y a continuación le tiró dos bofetadas en
su pequeño rostro. El niño lloró a más no poder. Sus hermanos mayores Miguel y
Augusto no pudieron hacer nada, sólo fueron mudos testigos de lo que ocurrió.
Más se apoderó de ellos el miedo a que también les cayera una paliza o un
insulto.
Al atardecer, cuando llegó a la casa Doña
Amanda de Estrada, fue Augusto quien se acercó a su cuarto y le contó lo
ocurrido. Sólo se había ausentado un par de horas, por la importancia que tenía
para ella cerrar unos negocios en Chiclayo referentes a la caña de azúcar. De
inmediato fue donde la improvisada empleada que había contratado para que le
cuidara a sus hijos durante su ausencia, no le sacó la chochoca ni la reventó a
palazos, sencillamente la despidió en el acto.
Raúl tenía los cachetes (rojos) hinchados
como si estuviera queriendo hacer un globo con una goma de mascar. Hacia unos
ruidos de quejidos. Su madre acurrucó al niño entre sus brazos y le cantó un par
de canciones, al rato se quedaron dormidos ambos.
Era Diciembre de 1948 cuando ocurrió dicho
acontecimiento. Doña Amanda les hizo jurar a Miguel y Augusto que nunca le
contaran dicho episodio a su hermano menor.
Picsi era un lugar fantástico para jugar,
crear historias y vivir historias. Los hermanos Estrada paraban en la calle
jugando con los trompos y las canicas. Su madre siempre les decía que no fueran
hacia la Huaca. Ellos no le hacían caso y se iban con frecuencia. Más tarde les
caía una zurra, nunca faltaba una vecina que le contaba a Doña Amanda que lo
había visto a Miguel arrastrando una frazada de su cuello haciendo la
representación de ser un gran Señor de la Antigüedad, que Augusto le seguía la
corriente haciendo movimientos con las manos en señal de adoración a su señor y
que el pequeño Raúl tocaba un tamborcito para darle solemnidad a la
“ceremonia”.
Doña Amanda: ¡Carajo! Ya les he dicho que
no vayan hacia la Huaca Alcán
Miguel: Pero es divertido mamá
Augusto hacia una sonrisa amplia y Raúl elevaba
su labio inferior hacia arriba y abría sus ojazos.
Doña Amanda: Cómo su padre se entere de sus
andanzas….. Recuerden que él no es como yo.
Los pequeños Estrada sabían que Don Andrés
era un tipo de carácter firme y sin contemplaciones. Siempre trabajando y
viajando si no era a Chiclayo era a Trujillo. Si Don Andrés daba una orden, se cumplía
si o si, una falta de respeto por ahí se convertía inmediatamente en un
correazo.
Cuando Raúl entró al Colegio, sus hermanos
ya se encontraban en Quinto y Tercer Grado respectivamente. Miguel ya mostraba
dotes de líder, era el alumno con notas sobresalientes en su salón, era el
primero en deportes, era la sensación en los bailes (de huayno, guaracha y
tango) por grado que se realizaban cada mes en el Patio del Colegio. Augusto, a
diferencia de Miguel era el típico seguidor, sus notas eran mediocres y andaba
de amigo de la lacra de su salón de clase.
Raúl fue el diferente, siempre lloraba y
nunca sabía por qué. En el primer año pensaron que era porque no se adaptaba a
lo que significa la rutina del Colegio. Al llegar al tercer año y ver que el
niño conservaba la misma actitud cada cierto tiempo, el subdirector mando
llamar a Don Andrés y Doña Amanda. Les manifestó su preocupación.
Subdirector: En este Colegio no queremos
llorones.
Doña
Amanda recordó el trauma de su niño cuando tenía meses de edad pero se mantuvo
callada, no valía la pena contarlo según ella.
Don Andrés: No se preocupe señor, tiene mi palabra
que a partir de mañana le entrego todo un hombrecito.
En efecto, Raúl no volvió a llorar delante
de sus compañeros de aula en lo que restó de la Primaria ni toda la Secundaria.
Augusto le contaría un tiempo después a Miguel que aquella tarde de la
conversación con el Subdirector, Don Andrés tomó del brazo a Raúl y lo metió a
la Biblioteca, algo debió pasar ahí, un misterio, para ese cambio tan drástico
en el muchachito.
Llegado el 6to de Primaria, Raúl se
mostraba como un chico tímido. Sus compañeros de aula lo molestaban pero sin el
ensañamiento que había hacia otros muchachos. Tuvo muchísima suerte, pero
realmente más que suerte era el respeto (y a la vez temor) que tenían a sus
hermanos mayores que se encontraban ya en la Secundaria. Miguel se encontraba
en 4to de Secundaria, era el mejor alumno del Colegio. Augusto por su parte,
tenía 5 enamoradas al mes a las cuales las dividía en 4 de Lunes a Jueves y 1
firme para los fines de semana. Tanto Miguel como Augusto eran ídolos para los
grados menores del Colegio de Varones. Sus hazañas en los deportes y con las
mujeres (del Colegio de Señoritas cercano) eran el boca a boca diario. Los
compañeros de Raúl no entendían como este era hermano de aquellos.

Las matemáticas se convirtieron en sus
compañeras inseparables para Raúl. Estudiándolas a fondo evadía su realidad.
Además entrando a la Secundaria le permitía granjearse el respeto de los más
pendejos del salón, al ayudarlos en sus tareas.
Eran mediados del Año 1961 y Raúl quería
ver la última película de Charlton Heston en pantalla grande.
Raúl: Mamá me voy a Chiclayo a ver una
película en el Cine Tropical.
Doña Amanda: Espera un momento, tú no te
vas a ir solo. Augusto ven aquí!
Augusto: ¿Qué pasa mamá?
Doña Amanda: Acompaña a tu hermano, va ir
al cine Tropical en Chiclayo.
Augusto puso mala cara pero aceptó. Siempre
lo agarraban de niñero. Aunque era preferible escoltar al “hijito de mamá” al
cine que llevar a la primita Rosa a ver seriales de Walt Disney con aventuras
de Mickey Mouse y Gooffy. Ya lo había hecho antes y lo detestaba, además la
niña (tenía 4 años) siempre quería orinar en las mejores partes de las
seriales, un día para no perderse una escena tuvo que hacerla orinar en el piso
y nadie se dio cuenta.
Al llegar a Chiclayo, Augusto buscó a su
firme.
Raúl: Mamá dijo que me acompañaras……
Augusto: Estás bien huevón, anda tú solo. A
las 9 te espero en el cruce de Balta con Elías Aguirre.
Diciendo esto Augusto se fue con su firme
en dirección hacia el Cine Sur, ahí pasaban una comedia italiana caliente.
Raúl tuvo que ver solo con su compañera
“las matemáticas” (un cuaderno cuadriculado que llevaba siempre en su bolsillo
trasero, en el que se inventaba problemas y los resolvía) la película “Ben
Hur”.
Por la noche, al llegar a casa Doña Amanda
les preguntó
Doña Amanda: ¿Qué tal les fue muchachos?
Augusto puso una cara pícara
Augusto: Muy bien mamá, te aseguro que muy
bien.
Doña Amanda: Y tú qué dices Raulito? ¿Qué
película vieron?
Raúl: “Ben Hur” mamá, “Ben Hur”.
El 1er año de Secundaria no fue fácil, la
mayoría de muchachos buscaban pelea. Si Raúl no peleaba era sindicado como un
chivo mariquita. Miguel (5to año) y Augusto (3er año) tuvieron que darle
lecciones para que se desahuevara, estaba en juego el prestigio y el apellido
de los Estrada.
Miguel: ¿Eres chivo?
Raúl: No!!!!
Miguel: ¿Te gustan las mujeres?
Raúl: Si!!!!
Augusto: Entonces ¿Por qué te comportas
ahuevadamente?
Raúl: No se. Tengo miedo.
Miguel: Miedo de qué.
Raúl: ummmm.
Miguel: Ya veo. Tienes miedo de ser como yo
o como Augusto.
Raúl: ¿A qué te refieres?
Augusto: Que no lo ves. Tienes miedo a ser
un triunfador. Nosotros somos triunfadores, no le tenemos miedo a nada.
Miguel: Exacto. Pensar que mi padre te
dedicó más tiempo a ti que a nosotros. Ni que decir de nuestra madre, mucho te
ha sobre protegido. Es momento de cambiar esto. Te vamos a enseñar a pelear.
Augusto: Y empecemos de una vez.
Miguel le puso una zancadilla en el pie a
Raúl y este cayó al piso, Augusto se abalanzó y comenzó a golpearlo. Raúl en
vez de defenderse, sólo se limitaba a protegerse con los brazos.
Miguel: Augusto aquí hay mucho por
trabajar.
Augusto: Es verdad.
Los Estrada no se veían tan unidos desde la
época que jugaban en la Huaca Alcán. Raúl aprendió técnicas de ataque y
defensa, mas golpes de karate que había aprendido Miguel en sus vacaciones en
Lima ese último verano.
Al cabo de unas semanas ocurrió una gran
pelea en el 1er grado. Iba Raúl caminando a la hora de recreo por el patio del
Colegio cuando el zambo Barzola, con su collera, se puso en plan de joda.
Zambo Barzola: Miren, ahí va el boca de
ojete.
Ja ja ja se rieron él y sus amigos.
Raúl los miro y se dirigió a ellos.
Raúl: A ¿quién le has dicho “boca de
ojete”?..... ¡poto de puta!!!!!!!!
El zambo Barzola no soportó la afrenta y se
lanzó sobre el muchacho a sacarle la mierda. Raúl hizo los movimientos de karate,
pero no pudo con el zambo, este era muy experimentado en choques. Fruto de esta
lucha, Raúl quedo con el tabique desviado de un golpe que recibió en la nariz.
En lo que restó del año, Raúl tuvo 4 peleas
más con distintos integrantes de la collera del zambo. Hacia el 2do grado de
Secundaria lo dejaron en paz. Fue este año que la “enfermedad del amor” llegó a
la vida de Raúl. La culpa la tuvo Francisca Rodríguez, quinceañera de cuerpo
geométrico y rostro de mujer ferreñafana, o sea era bella. Miguel no podía
ayudarlo porque se había mudado a Lima para estudiar Derecho en la Universidad San
Marcos. Augusto fue el llamado a ser su “maestro”.
Augusto: Conquistar a una mujer es lo más
fácil del mundo.
Raúl: ¿En serio?
Augusto: Te lo digo yo que he seducido
inclusive a mujeres de Quinti.
Quinti era el pueblo de las mujeres más
bellas del Perú.
Raúl: Asu……Enséñame pues.
Augusto: Mira, todo consiste en la palabra.
Raúl: La palabra?
Augusto: A una mujer se le seduce por lo
que se le dice. No hay más. No necesitas aprender más, sólo práctica e
inspiración. Eso lleva tiempo.
Raúl: Pero ¿Qué palabra? ¿Qué inspiración? Ayúdame
por favor.
Augusto: No te puedo ayudar más. Ya te di
el secreto. Tienes que ser tú mismo, tú y tus palabras hacia esa belleza que
tengas frente a ti, tú y tu inspiración ante esas sensaciones, emociones,
palpitaciones que te provoque ella.
Raúl: Tú hablas bonito, en cambio yo…..
Augusto: No te subestimes. Y adelante
fiera, ve por ella.
Raúl había mejorado en muchos aspectos en
su personalidad, pero seguía siendo tímido con las mujeres. Por más que Augusto
le hubiera dicho el gran secreto con las mujeres, su cerebro no entendía ese
consejo. Su ingenuidad lo llevó a pedir ayuda al zambo Barzola.
Zambo Barzola: Así que a ti, pillín pillín,
te gusta la ferreñafana.
Raúl: Si, tú que sabes más de mujeres.
¿Cómo hago para enamorarla?
Zambo Barzola: Comienza con cartas de amor
perfumadas.
Raúl: ¿Perfumadas?
Zambo Barzola: Al estilo europeo pues. Le
va fascinar, la vas a tener a tus pies en menos de lo que imaginas.
Raúl: Que carajos, lo voy hacer. Gracias
Zambo.
Ni bien se fue Raúl, el zambo le contó la
charla a su collera y no pararon de reír por buen rato.
En su casa, buscó una hoja en blanco, se sentó
en la silla y se puso a pensar en ella. No le venía ni la inspiración ni las
palabras. Envidiaba el talento de sus hermanos y del zambo Barzola para atraer,
encantar y adular a las féminas. Así sentado, se puso a contemplar la
biblioteca, en eso vio un libro de César Vallejo. Su cerebro reaccionó de inmediato.
Escribió en la Hoja:
Luego fue al cuarto de su mamá, cogió el
frasco de colonia de lavanda y echó unas gotitas a la carta. Sólo unas cuantas.
Se cambió de ropa, se puso guapo (según él)
y se dirigió a la casa de Francisca. Tocó la puerta y le abrió una anciana.
Anciana: Si, joven.
Raúl: Estimada dama le podría decir a su
nieta que la busco.
La anciana lo miró y examinó.
Anciana: Un momentito.
Diciendo esto, cerró la puerta.
Al rato apareció Francisca. La muchacha era
un sueño hecho mujer. Raúl quedó un tanto idiotizado al contemplarla pero luego
de un rato se repuso y le dio un sobre.
Francisca: ¿Qué es esto?
Raúl: Léelo
Francisca, sonriente, procedió a abrir la
carta (hizo un gesto de asco ante el olor de la misma) y la leyó. Le cambió el
semblante a una media sonrisa. Raúl sudaba, se ponía rojo.
Francisca: Está bonita. Es el inicio de
“Los Heraldos Negros” de Vallejo.
Raúl: Si, te lo dedico a ti.
Francisca: Ya veo. Gracias. Es un inicio
muy realista que nos hace pensar que la vida es dura y que no llegamos a
conocer cuanta fortaleza necesitamos para vivir.
Raúl: Uhum.
Francisca le dijo para pasear y conversar
sobre la poesía inmensamente triste de Vallejo. Raúl por supuesto que aceptó a
sabiendas que no sabía de Vallejo nada más que la hoja que al azar había
abierto del libro y el verso que había apuntado. Los próximos minutos y horas
se dedicó a escucharla hablando de Vallejo. La muchacha estaba fascinada con el
“experto en Vallejo” y este no había pronunciado palabra alguna sobre poesía.
Igual quedaron en verse otro día. Sin proponérselo, el zambo Barzola había
formado el embrión del que a futuro sería un seductor de mujeres en la ciudad.
No había caso, los Estrada habían nacido para amar a las mujeres, más temprano
que tarde Raúl superaría a sus hermanos en ese fascinante arte.
Los años pasaron, Miguel se estableció en Lima
para siempre porque se casó (lo “cazó” una piurana en Lima). Augusto corrió la
misma suerte sólo que en Trujillo (también lo “cazaron” pero fue una chica
ancashina). Raúl seguía viviendo en Picsi con su madre. Por aquellos años Raúl
ya mostraba mucha seguridad en si mismo, inclusive ingresó a la Universidad
Agraria del Norte y ahí estudiaba Agronomía. Le gustaban las mujeres de
Ferreñafe y siempre las cortejaba y salía con ellas.
En cierto ocasión disfrutaba de unos
deliciosos picarones con Juana Ipanaqué, cuando ella le dijo
Juana: Raúl vamos a la Feria de Huaca
Rajada
Raúl: Pero son las 6. Podemos ir a otro
lado…..
Diciendo esto paseo sus dedos por los
muslos de Juana.
Juana: Amor, me han dicho que en la Feria
se va presentar el “Adivino del Tumi”.
Raúl siempre había tenido curiosidad por
esas creencias “brujas” de la población.
Raúl: Vamos pues, pero sólo un ratito.
Diciendo esto le hizo un gesto con la
lengua a Juana. Ella lo tomó de la mano, le apretó el pulgar para luego
enroscar su mano en ese dedo. Raúl puso los ojos como desorbitados. Juana se sonrió
y se dirigieron a la Feria.
La Feria se encontraba hacia un costado de
Huaca Rajada. Los habladores decían que dentro de la Huaca habían restos
humanos de la antigüedad. Raúl que caminaba en ese mar de personas escuchaba a
todos. También habían curanderos que
ofrecían hacer una limpia de enfermedades, los hierberos con sus plantas
mágicas, los que curaban daños hechos por los envidiosos y por último se
encontraban los adivinos.
El “Adivino del Tumi” se encontraba sentado
en una piedra y tenía dos piedras más, una que hacia la forma de una mesa y la
otra más pequeña para que se sentara quien quisiera hacer uso de sus servicios.
En cada costado de la mesa tenía unos huacos eróticos de la cultura mochica
(con unas parejas copulando). Llevaba un traje de color blanco, una barba blanca
que combinaba con su cabellera del mismo color, unas pulseras en ambas manos y
afirmaba a todo el que pasara que su edad era de 150 años por lo tanto era
“experiencia garantizada”.
Adivino: Dígame caballero, cuál es su
necesidad. Seguro quiere amarrar el amor de esa belleza sublime que se
encuentra con usted.
Juana le hizo ojitos al adivino.
Raúl: No.
Adivino: Será que lo que desea usted es que
le de buena suerte en sus negocios.
Raúl: Tampoco, además no tengo negocios. La
que tiene negocios es mi mamá.
Adivino: ……… lo que usted desea entonces es
saber su futuro.
Raúl: Si, eso me suena interesante.
Adivino: Son 25 soles.
Raúl buscó su billetera. Juana se acercó a
su oído y le susurró
Juana: ¿Estás seguro?
Raúl: Si, quiero escucharlo.
Raúl le hizo entrega de la cantidad
acordada. El “Adivino del Tumi” comenzó con unas cuantas preguntas acerca de él
y luego preguntó por su salud.
Adivino: Le duele algo.
Raúl: Bueno si, la nariz me duele desde la
vez que tuve una pelea en el colegio
Adivino: ¿En qué sector?
Raúl: Aquí, mire.
Raúl señalo la parte superior de su nariz y
alzó la cabeza para señalar la fosa nasal derecha.
Raúl: Ahí dentro me duele.
El “Adivino del Tumi” miró adentro (mismo
doctor) y luego puso cara seria.
Adivino: Nos puede dejar solos un rato señorita.
Juana extrañada los dejó a los dos solos
Adivino: Tengo que darle malas noticias.
Raúl puso atención a sus palabras
Raúl: ¿Cuáles son esas noticias?
Adivino: Usted va a morir joven. Así que mi
consejo es que disfrute de lo poco que le queda de vida.
Raúl salió en busca de Juana, ella lo
esperaba con un rostro lleno de preguntas.
Juana: ¿Qué te dijo?
Raúl: Nada importante, no te preocupes.
Aquella noche Raúl no durmió pensando en
las palabras del “Adivino del Tumi”. Se la había creído. Al otro día fue donde
su madre y su enfermo padre y les comunicó su decisión.
Raúl: He decidido abandonar mis estudios.
Don Andrés sólo hizo un leve gesto con el
rostro. La extraña enfermedad que tenía le impedía hablar (sólo murmuraba) y
prácticamente debía ser tratado como un bebé. Doña Amanda se encargaba del
cuidado del anciano.
Doña Amanda: Raúl, te falta sólo dos años
para terminar.
Raúl: El “Adivino del Tumi” me ha dicho que
en estos días voy a morir.
Doña Amanda: ¿Puede ser hoy?
Raúl: Si
A Doña Amanda le salieron lágrimas (ella
también se la creyó). A Don Andrés se le pusieron los ojos rojos (ídem Doña
Amanda). Para completar la escena, Raúl se arrodilló y se puso a llorar en la
falda de su madre.
En los días siguientes Doña Amanda comenzó
a usar vestidos negros, a Don Andrés lo vistió con una camisa negra, un
pantalón negro y una gorra de vaquero negra. Al anciano lo sentaron en una
silla afuera de la casa, todo el santo día la pasaba ahí sentado. Se le veía
tan exótico que muy pronto la gente llegaba a Picsi para tomarse fotos con el
viejo. Siempre preguntaban que le pasaba. Doña Amanda siempre daba la misma
explicación (pensando en su hijo).
Doña Amanda: La muerte no lo puede vencer.
Esas mínimas palabras de explicación de la
señora tornaron al exótico anciano en una leyenda viva de un hombre que se
resistía a morir cada día sentado en esa silla. Lo que no sabían es que el “verdadero
héroe” se encontraba en su cuarto desde aquel día que comunicó su decisión a
sus padres. Según él, echado en su cama, era la mejor manera para que la muerte
lo encontrara.
Pasaron 12 meses y Raúl seguía vivo, echado
en su cama y gordo como un cerdo. Miguel, que por cierto era un empresario
exitoso en Lima, vino de visita después de años al hogar paterno. Ni bien llegó
a Chiclayo, encontró en la Avenida Saenz Peña un cartel que decía: “Tour a la
Casa del Vaquero en Picsi”. Le llamó la atención y consultó por el Tour
Miguel: ¿Quién es ese vaquero?
Operador Turístico: Un hombre que ha
vencido a la muerte.
Miguel: Oiga, están ustedes de joda, eso es
imposible.
Operador Turístico: Compruébelo usted
mismo, varón.
Miguel: Pues claro, justo voy para Picsi.
Operador Turístico: Ahorita estamos
saliendo.
Cuando llegaron a Picsi, Miguel se dio
cuenta de todo el alboroto en torno a su casa.
Operador Turístico: Señores hemos llegado a
la casa del vaquero.
Miguel bajó del bus, unos niños se le
acercaron a venderle souvenirs con una foto de Don Andrés sentado en una silla
con gorra de vaquero y mirando fijamente.
Otros niños vendían unos huaquitos pequeños con una escultura del
vaquero.
Doña Amanda: ¡Hijo!
Miguel: ¡Madre!
Entre sollozos Doña Amanda le contó la
desgracia que había caído sobre la casa.
De inmediato Miguel buscó a Raúl. Abrió la
puerta del cuarto y lo encontró mirando a las musarañas.
Miguel: ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Carajo!
Raúl lo miró con indiferencia. Miguel se
acercó, lo agarró de los hombros y lo sacudió.
Raúl: Hermano hoy me voy a morir.
Miguel: Que morir ni que ocho cuartos.
Raúl: En serio, me duele la nariz como no
te imaginas.
Miguel: A mí me duele el poto de todas las
horas que he viajado para llegar acá y no digo nada. De inmediato te me
levantas, no quiero un Estrada más a la deriva.
Raúl: ¿Un Estrada más a la deriva? ¿A qué
te refieres? ¿Qué pasó con Augusto?
Miguel: La mujer con la que se casó era
hippie y hace dos años se marcharon a Estados Unidos. Me escribió cartas al
inicio pero desde hace unos meses ya no escribe nada. Su última carta hablaba
de que no pensaba volver al Perú.
Raúl: Que pena.
Miguel: Raúl, tú estás joven puedes hacer
mucho, déjate de esas tonterías que te vas a morir y trabaja.
Doña Amanda se puso a gritar: ¡Dios mío!
¡Dios mío!
Miguel: Vamos a ver qué pasa con mamá.
Aquel día del regreso de Miguel ocurrieron
dos hechos: El hijo Raúl (¿pródigo?) volvió a la vida y Don Andrés murió
sentado en esa silla. La última foto que tomó una pareja fue testigo del
momento en que se cerraron sus ojos.
Todo el pueblo acompañó su entierro,
inclusive se hicieron presentes periodistas de Chiclayo y de Lima. Miguel
estuvo unos días con su madre y hermano, interesado en que Raúl se pusiera a
trabajar y retomara sus estudios. Cuando creyó que todo andaba encaminado
volvió a Lima.
Lamentablemente, Raúl seguía pensando en la
muerte sólo que de una manera distinta. Ahora se había puesto a analizar la
segunda frase del “Adivino del Tumi” que decía: “…..disfruta de la vida”. Si iba a morir, pero se había equivocado al
estar encerrado en su cuarto esperando la muerte. Lo que debía hacer ahora era
aguardar a la muerte saboreando los placeres de la vida.
Esta nueva etapa le duró un par de años a
Raúl. Conseguía trabajos cortos, sencillos, para tener dinero rápido y gastarlo
en mujeres y licor. Sólo reaccionó el día que en medio de una borrachera con el
zambo Barzola y su collera, se le acercó una mujer de edad madura que vio su
lamentable estado y luego le dijo bien cerca al oído:
-
Encima de feo
¡Eres un Borracho!....... ¡Un borracho de mierda!
Raúl buscó los ojos de esa mujer. Le
parecía conocida pero de dónde, por más que repasó sus treintaytantos años de
vida no parecía encontrarla en ningún episodio importante, al menos eso fue lo
que pensó.
La mujer se alejó carcajeándose cada vez en
voz más alta.
El zambo Barzola le preguntó quién era la
fulana, Raúl le dijo que no la conocía, que seguro era una bruja reprimida con
ganas de que la ajustaran.
Tras el incidente con dicha mujer, Raúl
volvió a la Universidad para terminar los dos años que le faltaban. Conoció a Noemí
Castro, una joven chiclayana muy vital dueña de una belleza no corrompida. Se
hicieron amigos y al cabo de un tiempo eran una pareja feliz. Nuevamente
parecía que se convertía en un Estrada triunfador, el de sus primeros años de
la Universidad sólo que ya no era un picaflor, ahora disfrutaba sus insaciables
ganas de vivir con Noemí solamente.
Terminaron juntos la Universidad. Miguel lo
contrató a su hermano menor para que trabajara en una sucursal de su empresa en
Monsefú y en cuanto a Noemí, también le consiguió un empleo pero en el mismo
Centro de Chiclayo. Dicen que cuando todo va bien puede ocurrir algo mal, y así
sucedió. A los dos años, Noemí le pidió un tiempo a Raúl, este último no
entendía que pasaba con ella, si todo iba tan bien. Al cabo de 9 meses Noemí le
llamo por teléfono a Raúl y le dijo que necesitaba urgente conversar con él,
que se encontraran en la puerta de la Catedral.
Era un viernes de mediados de los años
ochenta, los vendedores de casettes mezclaban la música de Hombres G, Indochina
y Phil Collins. En un restaurante un grupo de personas veían El Chavo del 8 en
la televisión.
Cuando Raúl llegó a la esquina de la
Catedral, en medio del bullicio de aquel día, vio a Noemí con un aire tranquilo
y con un bebé en brazos. Había un hombre a su costado. Raúl se puso serio y
avanzó a paso firme sin saber lo que ella le iba a decir.
Raúl: Hola!
Noemí: Raúl ¿Cómo estás? Te presento a Rubén
Ríos, mi novio.
Rubén extendió la mano, no tuvo la
correspondencia de la mano de Raúl.
Raúl: ¿Por qué me has dicho que querías
verme acá?
A lo lejos se oía una balada del Grupo
Pandora.
Noemí: Me cuesta decirlo
Rubén: El niño es suyo.
Raúl miro al niño, era igualito a él. Antes
que dijeran algo más aquel par, lo cargó al niño y se marchó. Se fue a Picsi
donde su anciana madre todavía luchaba, ese era el único término que conocía
aquella mujer “luchar” para “vivir”. El bebé puso cara de alegría cuando vio
las arrugas de aquella mujer.
Doña Amanda: Es como tú…..valioso.
Raúl comprendió que su madre no podría
cuidar al niño, él peor por el trabajo. Se le ocurrió acudir a la vecina
solterona de la casa vecina. Era una buena mujer, se llamaba Catalina Paucar.
Acordaron como iban a ser los honorarios y ella aceptó. Le hizo mucha felicidad
el saberse cuidadora de aquel pequeño.
Siempre que podía, Raúl se daba una
escapada de Monsefú para ver al pequeño. Le puso por nombre Andrés en recuerdo
de su padre. Además era el único nieto Estrada varón ya que Miguel había tenido
5 niñas y de Augusto no se sabía nada. Doña Amanda vivió sus últimos años con
alegría y pensando siempre en el bebé engriéndolo, tejiéndole ropa, intentando
jugar a pesar del dolor de sus huesos.
El día que el niño Andrés cumplió 3 años
hicieron una fiesta no en Picsi, si no en el mismo Monsefú. La música cumbia
invadía el ambiente con orquestas de la zona. Catalina parecía la mejor madre
del mundo, atenta, decidida. Miguel asistió a la fiesta.
Miguel: Hermano esa mujer es buena. Cásate
con ella.
Raúl: No se.
Miguel: Ja. Es increíble como todavía
tienes esas inseguridades de adolescente.
Raúl: Es que no se. Lo que pasa es que
…………..
Miguel: ¿Qué pasa?
Raúl se mantuvo callado.
Miguel: Ja. Ya chupa tu chicha de jora no
más.
Miguel pensó que Raúl estaba con sus
clásicas inseguridades que le venían de vez en cuando, no se imaginó que su
último hermano andaba de amores con una morropina. No eran ese tipo de amores
románticos clásicos, eran más bien de aquellos en los que las paredes lloraban
de sudor.
Con el mismo modus operandi de Noemí Castro,
la morropina también terminó sus sesiones de amor con Raúl para tiempo después
(9 meses) entregarle una pequeña y decirle que era su hija. La niña tenía la
cara de Doña Amanda, era su hija.
La familia creció en Picsi, Catalina ahora
tenía tres personas para cuidar: a las dos Amandas (la abuela y la niña a la que
pusieron el mismo nombre) y al pequeño Raúl. Debía tener especial cuidado
porque Doña Amanda ahora sólo se movilizaba en silla de ruedas.
Los años noventa trajeron muchos cambios en
la organización de las empresas, entre ellos muchos empleados de Lima fueron a
trabajar a provincia. Una de ellas fue la administradora Melisa Trujillo, una
joven que recién se había titulado y hacia sus primeros pasos profesionales en
la empresa de Miguel Estrada. Raúl ni bien la vio, quedó chiflado con su
belleza primaveral. Una vez más entraba en acción.
Por esas fechas llegó Miguel porque una
boquifloja le contó lo que andaba haciendo su hermano en Monsefú con la nueva
empleada.
Miguel: Huevonazo tú no entiendes ¿verdad?
Raúl: De qué carajos hablas.
Miguel: Huevón no te hagas el cínico. Te estás
tirando a la chibola esa.
Raúl se sonrió como si fuera una hazaña.
Miguel: Deja de poner esa cara que yo ya
llevo más de 40 años ayudándote. Y me he cansado. Pensé que con Doña Catalina
te ibas a casar ahora que tuviste otra niña, pero no, andas empujándotela a la
chibola.
Raúl: Más respeto con Melisa.
Miguel: Se acabó.
Raúl: ¿Qué se acabó?
Miguel: Estás despedido.
Raúl: Tú no me puedes hacer eso, eres mi
hermano, debes pensar en tus sobrinos, en tu madre.
Miguel subió a su camioneta y se marchó. Un
tipo de bigotes, de Recursos Humanos se acercó a Raúl con unos papeles en la
mano.
Por la noche Raúl le informó a Melisa que
se iba de la empresa porque había conseguido trabajo en Motupe. La joven le creyó
porque también estaba chiflada por él, le fascinaba sus artes amatorias. Más
bien le sugirió que se casaran para que fueran felices por siempre. La joven
aceptó encantada.
Cuando Doña Amanda supo de las noticias de
Raúl, se puso mal, le había tomado mucho cariño a Catalina. Era tan buena con
los niños y con ella. Se puso a pensar en qué había fallado para que le saliera
un hijo así. Se recriminaba.
Catalina: Doña Amanda ¿Qué le pasa?
Doña Amanda: Nada hija.
Catalina: La veo triste.
Doña Amanda decidió que era ella la que le
debía decir la verdad ……cuando Catalina le dijo
Catalina: Sabe señora me he puesto bonita,
hoy viene el Sr. Raúl. Usted cree que le guste?
Doña Amanda pensó que Catalina quizá se
había quedado soltera de lo tan buena que era, un tanto ingenua medio cojudona.
Doña Amanda: Muchacha Dios hace milagros –
le dio una esperanza.
Raúl contrajo matrimonio con Melisa y se
fueron a vivir en Lima. Cuando Catalina se enteró todo lo que había pasado, fue
tal su decepción que parecía que iba a explotar de sufrimiento y morir en ese
mismo instante, pero fue más su amor por esos niños lo que le permitió seguir
luchando en esa vida que le había tocado vivir.
Los años pasaron y un día ya en pleno siglo
XXI, los jóvenes Raúl y Amanda se enteraron que su padre se encontraba enfermo en
Lima. Ellos ni se inmutaron, para ellos su familia era su madre Catalina, su
abuela ya fallecida, sus primas y el tío Miguel y esposa.
En la más absoluta soledad de un cuarto de
lo que había sido su casa con Melisa, quien lo había abandonado y no le había
dado ningún hijo, murió Raúl. Momentos antes escuchó una voz que le dijo:
-
¡Te quedaste solo,
pobre y lleno de remordimientos!